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Crimen organizado
En 2019, 21 hombres fueron rescatados de un campo de trabajo forzado del narco en la Sierra Tarahumara, en el norte de México. Varios llevaban años desaparecidos. Sus testimonios abrieron una ventana a un fenómeno del que todavía se sabe muy poco: la existencia de campamentos donde los cárteles esclavizan a personas para el cultivo de amapola, marihuana y otras tareas. Las periodistas Marcela Turati y Thelma Gómez Durán investigaron el caso durante años, rastrearon a sobrevivientes y reconstruyeron cómo operan estas redes. Eliezer Budasoff se sumó a trabajar con ellas para tratar de entender cómo esta historia conectaba con la economía criminal y las crisis de desapariciones en México. El resultado de esa investigación, un proyecto de Quinto Elemento Lab, se publicó esta semana. En este episodio, Marcela, Thelma y Eliezer hablan de lo que revela este reportaje acerca del universo económico de los cárteles, cómo opera la red de trata de los campos del narco y cuál ha sido el papel del Estado y las autoridades.
Créditos:
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Producción
Daniela Cruzat -
Edición
Eliezer Budasoff -
Verificación de datos
Bruno Scelza -
Producción digital
Samantha Proaño, Franklin Villavicencio, Diego Corzo -
Diseño de sonido y mezcla
Elías González -
Música
Elías González, Rémy Lozano -
Tema musical
Pauchi Sasaki -
Ilustración
Alejandra Saavedra López
Etiquetas:
Transcripciones:
Transcripción:
Elías González: Este episodio tiene escenas fuertes y puede no ser apto para todos los oyentes.
Eliezer Budasoff: Bienvenidos a El hilo, un podcast de Radio Ambulante Studios. Soy Eliezer Budasoff.
A mediados de 2019, en un operativo en el estado de Chihuahua, en el norte de México, 21 hombres fueron rescatados de un campo de trabajo forzado para el cultivo de amapola y marihuana en la Sierra Tarahumara, donde los tenían viviendo en cuevas. Uno de ellos había estado cautivo casi tres años. Solo cuatro habían sido reportados como desaparecidos.
Antes de ese operativo, varios habían conseguido escapar por su cuenta. La denuncia de esos hombres, y las historias de los sobrevivientes, abrían la puerta a un fenómeno del que todavía se conoce muy poco: la existencia de campamentos de gente esclavizada por los cárteles. Casi no existen testimonios de lo que ocurre ahí adentro.
Las periodistas mexicanas Marcela Turati y Thelma Gómez Durán, que han cubierto con profundidad historias relacionadas con el crimen organizado y la violencia, entendieron que tenían una oportunidad de comprobar aquello que siempre han sostenido quienes investigan las desapariciones en el país: que muchos de ellos puedan estar vivos. Durante años, se dieron a la tarea de rastrear a los hombres que fueron esclavizados en la sierra, registrar lo que vivieron y reconstruir el caso con decenas de entrevistas y fuentes documentales.
Hace dos años, me sumé a trabajar con ellas para sistematizar toda la información y tratar de entender cómo las piezas de esta historia encajaban en un panorama más amplio.
El resultado de esa investigación, un proyecto del laboratorio de periodismo Quinto Elemento Lab, se acaba de publicar esta semana. En este episodio hablo con Marcela y con Thelma para contarles qué revela este reportaje sobre el universo económico de los cárteles, cómo opera la red de trata de los campos de trabajo forzado del narco y cuál ha sido el papel del Estado y las autoridades.
Es 29 de mayo de 2026. Hacemos una pausa y volvemos con la entrevista.
Eliezer: Estamos de vuelta en El hilo. La noticia que dio origen a esta investigación se difundió en los principales medios de México en 2019.
Audio de archivo, presentadora, N+: La Fiscalía General de Justicia de Chihuahua dio a conocer la liberación de 21 personas que estaban secuestradas en una cueva.
Audio de archivo, presentadora, Milenio: Por un grupo criminal que los obligaba a trabajar en campos de cultivo de amapola y marihuana.
Audio de archivo, reportero, Milenio: Las víctimas eran esclavos.
Eliezer: Esto pasó en la Sierra Tarahumara, que para la gente que no la conoce, es una región montañosa enorme en el norte de México, en el estado de Chihuahua que tiene la mayor población rarámuri del país. Es una región abandonada por el Estado, con una fuerte presencia del crimen organizado y me gustaría, si pueden contar para empezar, cómo fue que llegaron a esta historia y por qué decidieron que tenían que investigarla, que tenían que mirar más detrás de la noticia.
Marcela Turati: Bueno, pues la noticia fue súper importante y salió en muchos medios, pero ahorita ya está olvidada
Eliezer: Están escuchando a Marcela Turati.
Marcela: Me llega a mí un día, de un activista, una información donde venían los nombres de personas que habían sido rescatadas de estas cuevas. Cuando veo la lista y veo que están buscando a sus familiares, porque eran personas desaparecidas, pues veo que van algunos nombres en esta y sus ubicaciones y ahí dije: esto generalmente no pasa, ¿no?
Eliezer: México tiene más de 130 mil personas desaparecidas y no localizadas, según el registro oficial de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas, y la gran mayoría de los casos en los últimos 20 años. El país tiene un problema grave de desapariciones, relacionadas con el crimen organizado, el ejército, la migración, las redes de trata. En algunas regiones del país son un fenómeno casi cotidiano.
Marcela: Llevamos años investigando desapariciones y también pensando que muchos desaparecidos no están en fosas, no es cierto que están en morgues, hay desaparecidos vivos. Estas son algunas de esas personas desaparecidas vivas. Y entonces de ahí fue contactar a Thelma.
Thelma: Como bien dice Marce, esta historia empezó como los desaparecidos que aparecen. Sin embargo, una de las primeras cosas que nos sorprendió es que de los 21 rescatados solamente estaban buscando a cuatro, sus familiares solo buscaban a cuatro y eso nos llamó mucho la atención. Uno de los objetivos que nos trazamos primero fue encontrar a la mayoría de esos 21, poder hablar con ellos.
Eliezer: Cuando se conoció la noticia, Marcela se fue a la fiscalía donde los hombres habían sido rescatados y pidió una entrevista con los funcionarios judiciales que habían estado involucrados en el operativo.
Marcela: Y en esa entrevista me ponen ahí los expedientes, me dicen que no puedo tomar nota, pero saco mi grabadora y empiezo yo rápidamente a tomar los testimonios de los 21.
Audio de archivo, Marcela: La declaración de la persona con la identidad reservada. B grande, A, R.
Audio de archivo, Marcela: Testigo número 3.
Audio de archivo, Marcela: Caso 51…
Audio de archivo, Marcela: Me habló una persona del sexo masculino, al cual yo no conocía, es de unos 51 años de edad.
Audio de archivo, Marcela: Me preguntó qué andaba haciendo. Yo le dije: voy a arreglar el Seguro Popular, me quedé sin chamba. Entonces él me dijo que tenía chamba para mí. Me preguntó que si cuánto ganaba…
Audio de archivo, Marcela: Cuando llegamos a la sierra cortamos madera de unos pinos, pero ya no hicimos los corrales. Eran puros engaños.
Audio de archivo, Marcela: El cheto me daba patadas, bachones, mientras que el güero andaba armado y traía una pistola 22. Yo no trataba de huir de ahí para no poner en riesgo mi vida.
Thelma: Marcela nos mandaba esos audios leyendo los expedientes y algo que nos llamaba mucho la atención era empezar a conocer los relatos de estos 21 hombres. Porque en sus relatos había cosas que sorprendían. Por ejemplo, el lugar donde los tenían, que los tenían en cuevas, lo que les daban de comer, y que muchos de ellos hablaban de que algunos se habían escapado. Y nosotras hablábamos también de que las madres que buscan a desaparecidos siempre hablaban de esto, de buscarlos vivos.
Eliezer: Thelma se refiere a las madres buscadoras, uno de los fenómenos sociales más elocuentes y dolorosos del problema de las desapariciones. Son las mujeres que tuvieron que aprender a buscar a sus hijos, sus hermanos, sus maridos, con una pala en las manos. Ante la falta de respuestas del Estado, se organizan y salen ellas mismas al desierto, a los cerros, a los basurales, para tratar de encontrarlos.
Thelma: Hablaban de la posibilidad de que estuvieran muchos de ellos vivos y trabajando y que los tuvieran a fuerza trabajando. Entonces, para nosotros las historias de ellos era un hilo de donde empezar a jalar para comprobar esta hipótesis de las madres, de que los tenían trabajando y no precisamente como ya se conocía que los ponían a trabajar, como sicarios, sino en otras cosas. Entonces, bueno, de ahí fue que dijimos esto tenemos que entrarle y tenemos que profundizar en conocer más sobre las historias de ellos y sobre lo que está pasando en ese lugar de la sierra.
Lo que fuimos encontrando fue que no era solamente una historia que habla de la crisis de desaparición que vive México, sino es una historia que va más allá, que habla de cómo el narco funciona a nivel terreno, al nivel de cero glamour, ese narco que no está en las series. Pero también es una historia que habla de trata de personas, es una historia que habla de la marginalidad, del abandono que existe desde el Estado y desde muchos frentes hacia grandes sectores de la población y en este caso hacia estas personas que reúnen muchas de las características que los hacen muy vulnerables para que terminen siendo esclavos en un rincón de la Sierra Tarahumara.
Eliezer: Una pausa y volvemos.
Eliezer: Estamos de vuelta en El hilo.
Eliezer: Cuando uno se enfrenta por primera vez a este hecho, es difícil asumir que el reportaje describe una situación literal y no metafórica cuando uno usa la palabra esclavo. Estamos hablando de campamentos de gente esclavizada para trabajar para el narco que, como dice un funcionario judicial en el reportaje, posiblemente siguen activos hoy. Uno piensa en la esclavitud, generalmente en términos históricos, o uno tiende a imaginar cadenas, alambrados, alambre de púa. Pero acá los tenían en campos a cielo abierto. Los hacían dormir en cuevas de piedra y eran vigilados por hombres armados. Son como los primeros tres elementos que a uno le llegan de este hecho. Quisiera que cuenten lo que se sabe de estos campos y las condiciones en que tenían a las víctimas. ¿Cómo eran estas cuevas? ¿Cómo se esclaviza a alguien sin encerrarlo?
Marcela: Lo que tiene en común es esta falta de oportunidades, ¿no? La pobreza extrema, yo creo, en todos los casos. Algunos son migrantes, otros tienen una paternidad precoz, o sea, no podían mantener a sus hijos. Otros tienen un problema ya de drogas y todos necesitan un empleo. Hombres, eso sí. O sea, se hablaba de que había mujeres, pero todos son hombres y en edad de trabajo. Y lo que empezamos a ver en estas es que, pues nada, que era tan fácil engancharlos, ¿no? O sea, decían todos los relatos: Pasó alguien en una camioneta, me dijo que me iba a dar un trabajo poniendo un cerco o vigilando una obra en la sierra. Y me subí. Tenía un problema con mi mujer. Me había dicho que no volviera si no traía pañales o si no había leche, o de plano ya necesitaba dinero porque tenía una deuda. Me subí porque me dijeron que en 15 días volvía y de repente empecé a ver que me llevaban a una casa y luego a otra, y a hombres armados y de repente ya estaba en un campamento y no podía salir.
Thelma: Había como varios grilletes que los mantenían ahí. Uno, creo que es bien importante resaltar que esto se realizaba en la Sierra Tarahumara, en una zona súper agreste. El lugar, cuando uno ve las imágenes satelitales y también cuando uno escucha los relatos de quienes estuvieron ahí y a quienes entrevistamos, pues describen que eran acantilados, que era una zona en donde tenían que caminar al menos ocho horas para poder llegar a uno de los campos. Había varios campos alrededor. Entonces, bueno, uno, esas condiciones geográficas tan difíciles, era uno de los primeros grilletes. Pero creo que hay otro que es muy importante resaltar, todos nos hablaban de una libreta en donde iban anotándole sus deudas. O sea, siempre les hacían creer que en algún momento les iban a pagar. Nosotros, después, también rastreando más sobre este caso, encontramos que sí, efectivamente había quienes sí los sacaban y les pagaban. Pero hay a otros, como a estas personas que esclavizaron, que no, que no les pagan, sino que se los llevaban y lo que hacían era anotar sus deudas en esa libretita. Pero además también aprovechaban el factor de que muchos de ellos tenían un problema ya con las drogas antes de llegar a esos campos. Muchos de ellos eran consumidores de cristal, llegaban a esos campos y también les daban.
Eliezer: En la investigación, un agente de la Fiscalía dice que lo que hacen estos grupos criminales es básicamente aprovecharse de las vulnerabilidades de las víctimas. De la necesidad de trabajo y de dinero, de sus problemas familiares o de salud, y también de las adicciones.
Thelma: Ese era el otro grillete muy importante y muchos de ellos estaban destrozados psicológicamente. Estaban, además, hambrientos porque no les daban de comer, no tenían fuerzas y pues era una situación que los mantenía justo en esa esclavitud. Dependiendo de sus captores.
Marcela: Y si intentaban salir, pues los que habían intentado salir, si es que sobrevivían, te decían “en el pueblo a dónde se pide ayuda, todos están coludidos, avisan para que te regresen” o “hay muchos campamentos alrededor”. Se hablaba de entre cinco y siete campamentos a donde llegaban y te capturaban en el siguiente campamento o te regresaban con los castigos, que los castigos eran terribles. Te pegaban a la muerte, ahogarte, amarrarte a un árbol, dejarte a la intemperie. Pero el castigo diario, o sea, ellos decían “nos levantábamos desde las seis hasta que oscurecía, no podíamos ni ir al baño sin vigilancia”.
Eliezer: Las fotos del operativo de rescate muestran una caverna en la montaña con ropa tirada, paquetes de harina de maíz apilados y cobijas en el piso. De día funcionaba como comedor, de noche como dormitorio. Los sobrevivientes dicen que les daban de comer un poco de sopa o frijoles al día, y para que aguantaran trabajando hasta la noche, les mandaban después un hombre que les repartía un vaso con lo que ellos le decían “loco”: una mezcla de agua, harina de maíz y a veces azúcar.
Cuando rescataron a estos 21 hombres en la Sierra Tarahumara en 2019, quedó claro que había una operación de trata que se encargaba de enganchar a las víctimas para alimentar estos campos. Sabían dónde buscar: en lugares históricamente abandonados por el Estado, en comunidades indígenas, en las periferias urbanas, en los puntos donde se reúnen jornaleros, porque se aprovechan de una cultura de trabajo temporal que existe desde hace años en distintos estados del país.
Thelma: En la ciudad de Cuauhtémoc, en Chihuahua, por ejemplo, en las vías del tren se reúnen todos los que llegan a buscar trabajo para después irse a los campos de cultivo de la manzana, por ejemplo. Entonces, es como ya incluso una cultura de de este trabajo informal que existe, en donde la gente va, se reúne en algún sitio y pasan camionetas ofreciéndoles trabajo, diciéndoles tenemos trabajo de tal, para levantar cercos, para construir una casa, para ir a levantar la cosecha. Y la gente se sube porque sí, pasa. Sí hay un trabajo que sí van, hacen la chamba que les toca, les pagan y adiós. Entonces, esta red de trata que encontramos detrás de estos campamentos de esclavos en la sierra, pues se aprovecha de esa forma, de esa manera en que hay de conectar el trabajo.
Eliezer: Otro lugar que fue clave para entender la facilidad con la que operaban es una zona periférica de la ciudad de Chihuahua que se conoce como Vistas del Cerro Grande, donde fueron enganchados al menos cinco de los rescatados en 2019.
Marcela: Vistas del Cerro Grande es un sector que está justo arrinconado en una falda del famoso e imponente Cerro Grande en Chihuahua, que antes era la periferia de la periferia y que se fue poblando por gente llegada de la Sierra, gente que tuvo que autoconstruir porque no podía vivir en el centro de la ciudad. Y así tú ves todavía construcciones muy precarias, calles que parecen salidas de una guerra, todavía, no sé, con muchos costales de arena, dos arroyos secos que la cruzaban. Son como 13 colonias y un alto grado de marginación. Tiene un corredor de más de un kilómetro, donde se hace la vida deportiva. Pero te vas a dos cuadras, tres cuadras más alejado del corredor y ya no hay pavimento, ya lo que empiezas a ver es casas que no se terminaron de construir. Muchos jovencitos en la calle juntos, como pandillitas, jugando fútbol, algunos afuera de las tiendas donde hay maquinitas, sillones afuera de casas. Ahí la gente se sienta, en fin. Cuando hicimos los diferentes recorridos, pues, veíamos jovencitas de 13 años embarazadas, también ya con problemas de drogas. Lo que nos decía la gente ─algunos rarámuri, ahí viven muchos rarámuris también─, pues es que no dejan salir a sus hijos a la calle, porque ya hay mucha gente enloquecida de cristal a cualquier hora del día. Entonces, sé que ha habido intervenciones o intentan haber intervenciones sociales, pero que no han durado nada. Bueno, para el gobierno del Estado es uno de los polígonos donde se concentra mayor pobreza. Si quieres ir a la secundaria tienes que salir de la colonia porque está lejísimos. No hay empleo. Es muy notorio. Hay algunos camiones que pasan y llevan algunas personas a las maquiladoras, pero tú ves a mucha gente, también, esperando porque les den trabajo, que pase quien sea a ofrecerles algún trabajo.
Eliezer: La noticia del rescate, el acceso a las declaraciones de los sobrevivientes y la información que habían podido reunir sobre algunos de ellos, les permitieron a Marcela y a Thelma conocer de primera mano lo que habían pasado. Desde hace tiempo se conoce la existencia de campos de gente esclavizada por los cárteles, pero casi no hay testimonios de lo que pasa ahí adentro.
El primero con el que pudieron hablar fue Javier, uno de los 21 rescatados, que pasó casi mil días trabajando desde el amanecer hasta el anochecer.
Javier: Me hacían cuentas precisamente decían “no, tú ya tienes un buen billete, te vamos a pagar y te vamos a pagar, agarra tierras”, “no, no quiero tierra, yo quiero que me saquen, yo les rogaba pues mucho, mucho le rogaba yo porque me ponía triste.
Marcela: Eeste hombre Javier, que le pusimos, fue el primero, el primero cuando dije ay, esto tiene rostro, ¿no? Era este que pues “mi esposa me dijo que no volviera sin pañales y pues en eso me ofrecieron trabajo y me fui”.
Javier: En la noche a veces que ni dormía, estar pensando, llegué hasta soñar que ya no la iba a encontrar a mi señora, dije “ya no voy a encontrarla y si la encuentro, pues, la voy a encontrar pero casada y la culpa no va a ser mía”.
Marcela: Y era el que hacía las cuentas, ¿no? “Ya me debían 20 mil pesos o no sé, tal que me tenían que pagar entonces como que me sentía estafado”, se sentía enojado con la fiscalía. ¿Cómo me liberaron si me iban a pagar y ya llevaba tanto, no?
Eliezer: A lo largo de la entrevista, Javier describe una vida marcada por el miedo, el hambre y las humillaciones cotidianas.
Javier: A mí me amenazaban con que me decían que si no hacía ese jale, que a mí me iban a dar agua, o sea que me iban a sambutir en un charco de agua y me iban a tener dos, tres minutos ahí, yo oí personas que así las tenían, hasta que se ponía morado, ya cuando se ponía morado entonces lo sacaban, con la culata del rifle le pegaban en el estómago y sacaban la agua y otra vez así.
Eliezer: Cuenta que no los dejaban limpiarse todos los días. Que una vez al mes les daban una pastilla de jabón para 15 personas y los llevaban al arroyo, vigilados por hombres armados, para bañarse. Vivían con harapos, usando la misma ropa con la que habían llegado. Y a veces, dice Javier, la desesperación por cambiarse era tanta, que podía cambiar una caja de cigarrillos por un pantalón destrozado.
Marcela: Y este al final de la entrevista sí me decía “nunca quiero repetir esta historia y no la quiero volver a contar”. O sea, de…
Eliezer: Mejor no recordar.
Marcela: Exacto. Es un dolor entre la esclavitud, las humillaciones, que los trataban, decían, peor que animales. Y la pelea eterna por la comida, que es el tema de la comida era quien sobrevive. Entonces, ¿cómo hago para yo tener un poquito más que los demás y tener un poco de poder y todo esto? Entonces, eso era muy impresionante y muy fuerte.
Eliezer: Ahora, ustedes rastrearon durante años alguno de los hombres que fueron rescatados. ¿Cómo fue por un lado acercarse a estas personas? ¿Cómo se logra que alguien hable de algo así y cómo se cuenta sin revictimizar?
Marcela: Hubo de todo, ¿no? A veces era fácil. Por ejemplo. Es que solo. O sea, encontrando a uno dice “Ah, mira, ahí va pasando el Hipólito”, ¿no? Pues lo vemos y está bajando como a un arroyo ahí que hay. Entonces vamos corriendo con él y le digo entonces: “¿Hipólito? Sí”. Entonces, pues era un poco difícil. Algunos ya, o sea, en algunos los diálogos son difíciles porque el estado mental en el que quedaron y con Hipólito, lo que a mí siempre me parte el corazón es que él iba relatando, ¿no? a su manera, y en cierto momento él como que se acerca mucho a la grabadora y dice como si fuera a participar en un noticiero, entonces dice:
Hipólito: Quiero mandarle un saludo a mi mujercita.
Marcela: No sé por dónde me estés escuchando, amor.
Hipólito: Te amo y te quiero mucho mi Lore, y espero que algún día me perdones.
Marcela: Y era un mensaje de despedida a su esposa.
Hipólito: Te encargo esos dos luceros…
Marcela: O sea, a sus hijas. Hice lo que pude y todavía doy un mensaje a todos los que podían ser reclutados.
Hipólito: Que la piensen dos veces los compañeros que piensen irse pa’ las sierras, no se crean de todas las personas, compañeros, que le digan que van a trabajar, fácil y rápido. Simplemente primero investiguen, qué personas y qué patrón es. Eso es, les doy buen consejo. Te pueden argumentar miles de cosas pero, simplemente nada más una hay: la familia.
Marcela: Y ahí fue muy fuerte porque, pues, terminando así dijimos bueno, ¿pero qué es lo que piensas hacer? Y entonces como que parecía que se quería matar esa noche. Después lo mataron y fue muy fuerte y es parte de lo que les pasa, esto es la vulnerabilidad cuando regresan. Y para mí que he cubierto muchas cosas, llevo años cubriendo víctimas de la violencia. Creo que es el reportaje más triste que he hecho, o sea, el más desesperanzador. Porque ves a todos lados y dices bueno, y ¿cómo los voy a dejar? ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo les ayudo?
Thelma: Sí, no fue fácil tampoco. O sea, si decimos que cuando encontramos la calle en esa colonia, encontramos a varios, pero no fue fácil tampoco encontrar la calle. Eso sí hay que reconocerlo. Y en especial a uno con el que pudimos pasar toda una tarde hablando, con una de las personas, uno de los hombres que fueron rescatados. Él estaba todo el tiempo como huyendo y por eso también nos costó un poco de trabajo encontrarlo. Cuando lo hallamos y nos dio el tiempo para hablar con él pasó algo similar a lo de Hipólito. Pareciera como si ellos estuvieran hablando y se estuvieran despidiendo. ¿Sabes? Era como que esto que vivieron los llevó a un asunto de sí vivir con miedo completamente. Pero también un asunto de saber que en cualquier momento ya no iban a estar. Andrés, que es con quien más tiempo pasamos platicando en un pueblito, además, de la frontera entre México y Estados Unidos, que fue donde lo encontramos y después estuvimos en contacto con él. Él toda la vida se la pasaba huyendo ya, estaba huyendo todo el tiempo.
Andrés: Yo perdí muchas cosas en ese suceso, perdí casa. La comodidad de un hogar, la familia. Perdí la confianza para estar en un solo lugar. Y perdí mi ánimo.
Marcela: Y él nos daba unas metáforas de lo que es la esclavitud y lo que es vivir lo que vivió terribles.
Él decía que los demás ya habían perdido pues, el espíritu de sobrevivencia, pero que él no, y por eso se quería diferenciar de ellos, porque él quería salir de ahí. Incluso llegó a ser como supervisor de los demás y llegó a ser de los que los cuidaban para que no se escaparan, con tal de escaparse. Incluso nos dijo que él sabía que lo suyo no era un asunto de raza ni de clase. Nos dijo:
Andrés: A mi no me esclavizaron por ser negro, blanco, pobre, por ser rico. A mi me esclavizaron por suerte, corrupción y avaricia. Mi mala suerte de estar en el lugar equivocado, en el lugar equivocado.
Eliezer: La experiencia que pasaron los sobrevivientes también terminó golpeando a sus familias. Especialmente en los casos de los más jóvenes. Hubo madres que intentaron impedir que sus hijos subieran a esas camionetas, porque intuían el peligro. Y cuando dejaron de saber de ellos, fueron ellas mismas las que salieron a buscar a los reclutadores para exigirles que se los devolvieran. Pero el regreso de sus hijos no siempre trajo alivio, porque recibieron de vuelta a jóvenes dañados, con adicciones o problemas psiquiátricos.
Thelma: Lo que también me pareció súper fuerte es escuchar es el testimonio de una madre, porque la mamá y la hermana todo el tiempo estaban con la preocupación de que esta persona, de que este joven se suicidara. Lo había intentado varias veces.
Mamá de Kevin: Me dijo: por qué me salvaste, yo ya no quiero estar aquí.
Thelma: O sea, esta experiencia si de por sí ya tenían una existencia difícil, una existencia súper golpeada. Vivían en contextos muy difíciles, sociales, de mucho abandono a nivel social, a nivel individual. Esta experiencia los partió, los quebró
Familia de Kevin: Es que no platica con nadie, ni con nosotros, nada. Ni con sus amigos, no tiene amigos.
Thelma: Y escuchar a la mamá de cómo varias veces había intentado detener el suicidio de su hijo. Puf. Sí, fuertísimo.
Marcela: Y un jovencitito, además. O sea, eran de 18 años, así. También lo que vimos en todos o en la mayoría es que ya la familia no los esperaba, ¿no? Los que estaban casados.
Eliezer: Eso quería preguntarles, porque es una cosa de las que no hablamos. Y justo ahora que estabas hablando de Andrés, eso me parece increíble. ¿Algunos no les creían?
Thelma: ¿Es que cómo te van a creer? O sea, te fuiste seis meses. No sé cómo había sido su vida ahí. Decían “vine de unas cuevas donde me tuvieron retenido, tal, me rescataron”. Y entonces varios nos decían “mi esposa creía que yo andaba con otra. Me dejó, se llevó a las niñas”. Y casi hablaban de esto, de salir del infierno chico para llegar al infierno grande, que es regresar a la colonia, porque allá, aunque sea tenían una rutina, tenían un trabajo que no era remunerado, pero era trabajo y acá era así como de perdí todo, ¿no?
Eliezer: Una pausa y volvemos.
Eliezer: Estamos de vuelta en El hilo.
Eliezer: En este país, en México, se investiga, se estudia y se reportea extensamente sobre el crimen organizado, que define la vida en tantas partes del territorio, ¿no? Pero este no es un tema que esté muy explorado, o sea, no es como, justamente rompe con algunas cosas. Tú decías. Thelma. más temprano, que es algo que está claro. Hay una idea de las series, del glamour del narco y no sé qué, y una de las primeras cosas que rompe esto es el mito del narco benefactor, ¿no? Esto es gente que literalmente está esclavizando a su comunidad, ¿no? Entonces quería preguntarle sobre los antecedentes que existen de este fenómeno, si se conocen otros casos relevantes, qué representa esto en términos de la economía criminal y de estrategia de estas organizaciones. Al seguir esta pregunta de qué significa, digamos, que el narco esté rompiendo estos pactos, ¿qué fue lo que encontraron?
Thelma: Lo que nosotros encontramos es que además, también, este caso no era un caso aislado. En la historia de este país ya había habido un caso en donde se llevaban a gente prometiéndole trabajo como jornalero y terminaban en cultivos de marihuana. Y esto fue en la época de Caro Quintero, en Chihuahua también.
Eliezer: Rafael Caro Quintero fue uno de los grandes narcotraficantes de Sinaloa, uno de los fundadores de los cárteles mexicanos modernos. A mediados de los años ochenta expandió el negocio de las drogas y levantó el mayor establecimiento de producción de marihuana que se haya conocido en el país.
El rancho El Búfalo, un predio de más de 500 hectáreas que fue desmantelado en 1984, fue uno de los primeros casos en exhibir cómo los cárteles engañan y esclavizan a las personas para usarlas como mano de obra. Ahí llegó a haber miles de jornaleros que no podían salir, que habían sido engañados y eran forzados a trabajar en la producción de marihuana sin recibir un pago.
Lo que pasó en el rancho El Búfalo sirvió para derribar ideas preconcebidas sobre los cárteles, como el mito del “narco benefactor”. Este caso, y otros que salieron a la luz desde entonces, empezaron a revelar una cara más ajustada de la economía criminal: para ser competitivos en el mercado de drogas de Norteamérica, los cárteles podían reducir costos enganchando y esclavizando a gente necesitada de trabajo. Antes, lo que se sabía a grandes rasgos era que el narco pagaba.
Esta investigación sobre los campos de trabajo forzado en la Sierra Tarahumara muestra que la gran caída en el consumo de heroína en la última década, que fue desplazada por la llegada del fentanilo, no hizo que los grupos criminales dejaran de producir goma de opio, aunque el precio haya caído cerca de un 90%. Para que sea rentable, capturan y explotan a los más marginados, a las personas que ya fueron abandonadas por el Estado.
Thelma: Nosotros nos enteramos de este caso por el supuesto rescate de la Fiscalía de esos 21. Pero hay que decir que antes de que se hiciera ese rescate hubo operativos fallidos, hubo gente que se escapó, hubo hombres que llegaron y denunciaron, hablaron de esas cuevas, hablaron de esos personajes, dijeron que había gente esclavizada. Y las autoridades, pues resulta que no. Y de repente salieron haciendo este operativo, presentándose como héroes, cuando en realidad los verdaderos héroes fueron aquellos que se escaparon, que lograron salir y lograron denunciar, y que gracias a ellos fue que se conoció lo que estaba sucediendo ahí. Y entonces, si bien esta historia nos permite saber, conocer, cómo actúa ese narco que no es benefactor, sino que es una organización que se aprovecha de estas vulnerabilidades sociales que hay en la gente y uno, de las personas que entrevistamos nos lo decía. Decía bueno, ¿por qué no pagan si tienen tanto dinero? ¿Por qué nos hacen esto? Ellos no se sentían ni como víctimas de desaparición ni como víctimas de trata de personas. Ellos se sentían estafados porque no les habían pagado. Para ellos era fundamental eso.
Eliezer: Entre todas las cosas que aprendí trabajando este reportaje con ustedes, porque yo vivo hace diez años en México, pero aprendí un montón justamente de diferencias más sutiles que muchas veces la gente que vive y que trabaja estos temas solamente puede entender. Por un lado, me sorprendió mucho cada vez que uno de los casos partía de alguien que había denunciado. La voluntad de denunciar en una situación así, me sigue pareciendo impresionante. O sea, me parece conmovedora. Por otro lado, me parece muy impresionante esto que acaban de describir de lo difícil que es separar la negligencia de la complicidad, o sea, lo difícil que es identificar, porque en realidad los efectos son los mismos. Este personaje que tú estabas contando, Marcela, que se llama Andrés en el reportaje, él justamente dice eso ¿no? Dice yo ni siquiera pienso que es algo personal contra mí. Es toda una trama en la que, bueno, ahora me pasó a mí. Pero le puede pasar a cualquiera. Y esto que ustedes cuentan, de que yendo a la colonia a la zona, digamos, donde ellos habitualmente reclutaban, que vivían víctimas y victimarios y reclutadores en las mismas zonas y que ustedes inmediatamente pueden identificar cuál es la dirección del tipo que los recluta, dónde hay otras víctimas, algo que evidentemente no ha hecho el Estado, ¿no? Y en realidad hubo un hombre detenido casi por azar por este caso, un solo acusado. Y entonces, es alguien que además ustedes entrevistaron. Y entonces, si me pueden contar brevemente ¿qué pasó con él, con la única persona detenida por este caso?
Thelma: Sí, bueno, por el caso de los 21, que en realidad son 24, porque son 21 rescatados, pero tres que se habían escapado antes y que fueron los que denunciaron. Por ese caso sí, solamente hay un detenido, que es “El Chiapas”, Henry, que él vivía también en esa colonia, en el sector de Vistas del Cerro Grande, en Chihuahua. Él estuvo en juicio, se le dictó un fallo que eran 22 años, que después apeló su abogado, después un tribunal de apelación se la redujo, la pena. Pero curiosamente, en su caso sí se aplicó al pie de la letra el tema de la prisión preventiva y por una serie de enrollos judiciales y de trámites burocráticos que no se hicieron en el tiempo que deberían de hacerse, pues resulta que El Chiapas, la única persona que se pudo atrapar y que era el enganchador, pues quedó libre. Entonces, pues bueno, creo que esto es la mejor muestra de este círculo de impunidad, creo que muestra al final lo que ha permitido que los grupos de narcotráfico tengan tanto poder en este país y puedan controlar poblaciones, estados completos y que puedan controlar y cambiar y romper la vida de tantas personas, que es esta impunidad, ¿no? Que cuando alguien pregunta ¿cuáles son las consecuencias de la impunidad? Esto. Que la única persona… Que también, cuando conocemos la vida del Chiapas, que lo narramos en el reportaje, pues también es alguien que es parte de este abandono de todo.
Eliezer: Sí, no es un capo narco que vive en su mansión, lejos de…
Thelma: Para nada. Que esta única persona que se tuvo en la cárcel, ahora esté libre y no haya absolutamente nada.
Eliezer: Ahora, hemos estado hablando de todo lo que ocurre a partir de la operación del crimen organizado y la vida de las víctimas. Pero es imposible llevar adelante algo así, que haya existido durante tanto tiempo y que siga existiendo después del rescate, sin el abandono o la complicidad activa del Estado y en algunos casos, las dos, ¿no? ¿Cuál ha sido el rol de las autoridades en todo esto? Tanto en términos macro, como el de abandonar determinadas poblaciones en regiones, que es un poco lo que hablabas de Vistas del Cerro Grande, cómo los casos específicos en que incluso las víctimas mencionan algún tipo de complicidad.
Marcela: La complicidad está presente en toda la investigación, ¿no? O sea, nosotras empezamos diciendo bueno, aquí hay un caso de 21 rescatados, íbamos rascando y ¡ah, caray! En 2019 se habían escapado dos y ya habían dicho las mismas referencias. Una cueva en la comunidad de Yoquivo, en el pueblito de la gallina… Había algunos de los que se habían fugado, que habían guiado a las autoridades. Y luego encontramos ¡Ah, caray!, unos migrantes, 2015. Ellos también. Y revisando las notas del defensor de Derechos Humanos, y que puso una denuncia, era: ahí los esclavizaron, los vendieron por 500 pesos. Entonces, eso fue como la primera. Luego, ya hablando con autoridades decían ellos “Híjole, ya habíamos estado en ese lugar, antes se hizo un operativo, pero alguien nos dio la orden y nos regresamos”. Luego, la misma gente hablaba de que había sobrevuelos de soldados, de que en algún momento habían bajado soldados, pero nunca se llevaban a nadie, ¿no? También era obvio, la gente de los alrededores estaba coludida. O sea, tú no te puedes escapar de ahí sin que nadie sepa. Todos sabían. Era un secreto a voces. No había rejas. Era un campo abierto de esclavitud. Pero escaparte te cuesta la vida. Entonces eso fue por un lado, luego encontrando, ¡Ah, caray! Ya habían denunciado tales, una familia de rarámuris, que se habían llevado a sus dos hijos y antes se escapó un primo. El primo dijo dónde estaban, en la Fiscalía no les hicieron caso. Entonces es falta de investigación. Y uno de ellos, además nos dice “yo iba caminando por la calle, estaba junto a la central de autobuses de Chihuahua y de pronto llega una patrulla de la policía y me ponen una capucha y me llevan y de repente ya estaba en el campo de trabajo”. Entonces, se hablaba de colusión de soldados de todos los niveles, ¿no? Más la complicidad de la gente, que eso es muy fuerte. O sea que todo el mundo sepa, pero todos están coludidos. Había uno que dice “Yo me escapé, llegando a una tiendita donde pedía agua y quería comprar algo. Y ahí me dijeron sí, sí, sí, ahorita se lo damos. Se metieron y llamaron a los captores”.
Eliezer: Eso es terrible.
Marcela: Y las torturas fueron terribles, ¿no? Entonces, de ese grado es la colusión. Y después pues nada más rescatan a la gente, las avientan otra vez a donde saben que van a malpasar y ya muchos, muchos necesitan ayuda realmente, para no volver a caer a ese tipo de trabajos. Y las autoridades no hicieron nada, no los acompañaron, no les dieron apoyo. Solo les dieron su boleto de autobús, les dieron una lata de atún, les dieron para que les permitieran bañarse, rasurarse, tal para que salieran un poco limpios. Le dieron ropa nueva o no nueva, ropa que tenían ahí y ahí el gobierno, el Estado se desentiende de ellos. Y que a ver cómo te va en la vida.
Thelma: Y creo que otra de las pruebas de esta colusión, de esta complicidad, de este abandono estatal, es que después de ese rescate, resulta que siguen llevándose gente al mismo lugar. Nosotras lo que encontramos también fue que los mismos captores después se llevaron a indígenas rarámuris de Guachochi, ¿no? Y con el mismo mecanismo, al mismo sitio, con los mismos personajes. Entonces, esto te muestra justo, realmente, que como ya varios investigadores desde la academia han mostrado y han hablado de estas redes de macrocriminalidad, creo que en este caso ahí se muestran, se miran, se ven que todo mundo sabía que existía eso, ya se sabía dónde, ya se sabía cómo funcionaba. Nosotras encontramos a víctimas y encontramos a victimarios también. Entonces, pues realmente no había ninguna investigación, no había nada que, realmente una intención de querer desarticular a esta red.
Eliezer: Bueno. Muchas gracias por la invitación a esto que ha sido terrible y doloroso y a la vez muy aleccionador. Y también bonito, porque cuando uno trabaja para hacer una historia así es porque cree que decirlo sirve de algo, que construir sentido, que tomarse dos años como nos tomamos los tres juntos para darle forma a esto es algo que sirve y que tiene muy importante, es decirle a todas estas personas a las que el Estado y todo el mundo les ha dicho no nos importan es, bueno, sí, a nosotros nos importa como para esto, digamos, ¿no? Marcela Turati, Thelma Gómez Durán Muchísimas gracias.
Thelma: Muchas gracias.
Marcela: Gracias, Buda.
Daniela Cruzat: Este episodio fue producido por mí, Daniela Cruzat. Lo editó Eliezer. Bruno Scelza hizo la verificación de datos. El diseño de sonido es de Elías González y la música es de él y Rémy Lozano.
El equipo de producción de El hilo está formado por Jesús Delgadillo, Samantha Proaño y Franklin Villavicencio, con el arte y diseño de Diego Corzo. El resto del equipo incluye a Natalia Ramírez, Paola Alean, Camilo Jiménez Santofimio, Elsa Liliana Ulloa, Silvia Viñas y Daniel Alarcón. Carolina Guerrero es la CEO de Radio Ambulante Studios. Nuestro tema musical lo compuso Pauchi Sasaki.
El hilo es un podcast de Radio Ambulante Studios. Si valoras el periodismo independiente y riguroso, te pedimos que te unas a nuestras membresías. América Latina es una región compleja y nuestro periodismo necesita de oyentes como tú. Visita elhilo.audio/donar y ayúdanos con una donación.
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